Cayó la gota que colmó el vaso. El destino me está pidiendo a gritos que escriba ya sobre este tema y un servidor debería ser un verdadero autista si continúa ignorando su inequívoca llamada. Sin más preámbulos y, sobre todo, sin que la corrección política, el artificialísimo invento de la paridad de sexos y los numerosos ministerios que en estos desconcertantes tiempos que corren están capitaneados por una mujer, procederé a continuación a denunciar una injusticia que asalta a millones de hombres cíclicamente con la llegada de la estación estival: la desconcertante hipersensibilidad de las mujeres al aire acondicionado o, dicho de otra manera, de por qué cojones las mujeres siempre se quejan del frío cuando los hombres estamos -parafraseando al insustancial Ortega Cano- tan a gustito.
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| Tu compañera de oficina, a punto de apagar el aire ac. |
A pesar de que ahora mismo sólo llevo escrito un mísero párrafo (ya veremos luego para cuánto dan de sí este tema y mi inspiración), me imagino que ya habré recibido los primeros aplausos de una gran parte de los lectores. Todos hombres, por supuesto. Y todos identificados con mi causa. Al mismo tiempo, también habré sido inmediatamente calificado como un misógino machista (o algo peor) por parte de otro nutrido grupo de, presumiblemente, mujeres miembras de la «Asociación del Chal y la Bufanda en Agosto».
Sin pretender que este repentino éxito se me suba a la cabeza, es buen momento ahora para bajar los pies a la tierra y hacer las aclaraciones pertinentes y pedir disculpas de antemano a todas aquellas féminas de buena voluntad que soportan estoicamente y con entereza los rigores del verano (o sea, del aire acondicionado) sin proponer y/o adoptar la drástica y perniciosa medida de apagar el aire acondicionado ante los primeros síntomas de (su) debilidad. Estimadas mujeres calurosas (menopáusicas y no menopáusicas), fieles compañeras de fatigas laborales: no os deis por aludidas en este escrito y consideraos de este mismo lado de la trinchera.
Hechas las pertinentes aclaraciones (que me han hecho cumplir asimismo con la obligatoria cuota mínima exigible de corrección política) es momento ya de rajar y disparar con bala: mujeres frioleras, sois mi pesadilla de cada verano. Después de esta primera rajada, algunos coincidiréis conmigo en que esta frase lapidaria debería haberse dejado para el final, como el último clavo del ataúd del difunto o la estocada final al toro moribundo. Pero si os digo que estamos a 2 de agosto (en Murcia, la tierra donde no se pone nunca el sol), que son casi las 2 de la tarde y en la oficina que va a ser mi hábitat durante los próximos tiempos llevamos ya casi 2 horas con el aire acondicionado apagado y lo único con capacidad de remover el cargado aire de esta oficina son los polvorientos ventiladores de las CPUs de nuestros ordenadores, entenderéis bien que haya sido tan brutalmente explícito a las primeras de cambio: el suministro de oxígeno escasea y estoy empezando a sentir unos leves mareos. Era ahora o nunca. De hecho, si unas líneas más abajo os dais cuenta de que me ha faltado una palabra a medio escribir o he concluido mi redacción sin el pertinente “Un cordial saludo” seguido de un punto final bien gordo o con una frase inexplicablemente incoherente, pensad que me ha entrado una parada cardiorrespiratoria y que, por tanto, materialmente me ha sido imposible continuar con este alegato. Si sucede esto, ¿debo también pedir disculpas de antemano?
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| Este compañero tuyo nunca se queja de frío o calor |
No importa, confiemos en que el destino sea gracioso conmigo y me permita completar este escrito. También yo sacaré fuerzas de flaqueza y me motivaré pensando en congéneres míos –como mi compañero de mesa- que no tienen las agallas suficientes para denunciar esta injusticia y prefieren morir ahogados en su propio sudor antes que parecer estúpidos arrogantes por no sucumbir a la corrección política, a las apariencias y al “qué dirán” y expresar sus opiniones como verdaderamente son: si en la oficina te preguntan si tienes frío y tú estás contentísimo con la temperatura y eres plenamente consciente del riesgo de asfixia que corres si a la compañera friolera de turno se le ocurre de apagar la climatización, ¿por qué cojones callarte como un puto y renunciar a tu derecho a estar confortable en tu lugar de trabajo en pleno mes de agosto?
A ver, sí, por supuesto que tu queridísima compañera friolera tiene los mismos derechos que tú. Además, el que esto os escribe es el último en llegar al rebaño. Teóricamente soy el que tiene menos derecho a protestar en este despacho: como recién llegado a esta oficina tengo mi saldo de “derechos adquiridos” todavía a cero. Pero aún así, tengo derecho a responder con sinceridad a lo que me preguntan y no ocultar mi verdad por no resultar molesto o impertinente. ¿O desde cuándo es ser impertinente que uno esté tan a gusto con el ambiente cuando todo el mundo sabe que la mujer es, por naturaleza, tendente a quejarse por friolera?
Es un verdadero marrón que te destinen a una oficina donde todos tus compañeros son mujeres. Yo apenas llevo una jornada y ya me estoy empezando a deprimir pensando en la que me espera. De momento, me espera amenaza diaria de asfixia mientras dure el verano. Y aprovecho para recordar al lector que un servidor está en Murcia. Sé perfectamente que esto ya lo he dicho al principio, pero los que conocen esta tierra empatizarán aún más rápidamente con mi situación que los que sólo conozcan el verano de la cornisa cantábrica, si es que alguno de los lectores procede de allí. España es muy diversa, de manera que hay partes de nuestro país en las que la gente tiene que salir a la calle con chaqueta y bufanda mientras por aquí nosotros todavía vestimos con camiseta de manga corta, calzamos chanclas y bebemos granizado de limón por las tardes. Largo es el verano en el sureste español, amigos…
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| El Sol, visto desde Murcia |
Entre tanto, dieron las 2 de la tarde y llegó la hora de salir para un funcionario interino como yo (y el pelele de mi compañero). Ni que decir tiene que mi compañera friolera se salió con la suya y el aire acondicionado no se volvió a encender desde que drásticamente lo apagó. Calculo que la temperatura ambiente de la oficina debía estar alrededor de los 29 o 30º C cuando yo me marché. Temperaturas recomendadas en todos los manuales de higiene y seguridad en el trabajo, sin duda. Por lo menos puedo considerarme afortunado de no haber llegado al punto de aparición del sudor debajo de mi impoluta camiseta-polo. En ello mucho tendrá que ver mi estratégica decisión de minimizar mi movimiento corporal: si los seres humanos tuviésemos la capacidad biológica de invernar –que en este caso concreto digo yo que se llamaría “veranear”-, sin duda lo habría hecho. Hubiera sido como anestesiarme a mí mismo para evitarme el padecimiento del sofocón. Ahora bien, debo hacer notar que los interinos nos marchamos a las 2 en punto. Pero ellas todavía se quedaron un rato más, de manera que la atmósfera todavía siguió caldeándose.
Será cuestión de enviarles a todas anónimamente un e-mail advirtiéndoles de las negativas consecuencias del calor en la oficina sobre sus tersos cutis y la aceleración del envejecimiento. Eso, por no hablar de la piel de naranja, las cartucheras y las patas de gallo... Por supuesto que esto me lo estoy inventando como idea que es, pero tiene pinta de que no voy muy desencaminado; de hecho está científicamente demostrado que el calor acelera el movimiento de las partículas que componen la materia (y, por tanto, el envejecimiento del organismo), mientras que el frío lo ralentiza. Esto es bien conocido desde que se descubrió el átomo y sus elementos: éstos se mueven rápido con altas temperaturas y lento con el frío. Para quien, a pesar de mis argumentos, todavía no se crea esta sólida y contrastada teoría basta con que se acuerde de la razón de ser del frigorífico que tiene en su cocina, vaya.
Pero eso sólo es una idea. Una de tantas (aprovecho la ocasión para dar la bienvenida a cualesquiera otras sugerencias por parte de los lectores). Y su eficacia no está ni mucho menos asegurada. Una idea eficaz sería aquella que prevenga a la mujer friolera de turno de optar por manipular el statu quo del aire acondicionado en la oficina: si los demás compañeros están contentos con la climatización, que sea ella la que se ajuste al entorno y no los demás a ella. Verbigracia, que en lugar de buscar el mando a distancia del aire acondicionado se acerque al perchero para agarrar su chaquetilla de punto, chal, foulard o el complemento textil que ese día se haya traído a la oficina y que les ayude a protegerse de un eventual ataque de frío. Esa decisión le hará a ella ganar confort y preservar el de los demás. Excelente ejemplo de convivencia, ¿verdad?
Hay que tener en cuenta que, si nuestra obstinada compañera se empeña en salirse con la suya y manipula el mando a distancia, ¿qué alternativas nos quedan a los demás compañeros de oficina? ¿Quitarnos la ropa y quedarnos en calzoncillos? Convendréis conmigo en que tal movimiento no sería políticamente correcto, aparte de que tampoco garantizaría eficacia de resultados.
Así las cosas y mientras el sentido común no se adueñe de todas y cada una de las conciencias de los compañeros (ejem, compañeras) que me rodean, me va a tocar luchar contra molinos de viento camuflados de mujeres cuarentonas, cual Don Quijote murciano en pleno agosto. Puede que en entre tanto, un día decida venir a la oficina en bermudas, camiseta de tirantes y chanclas, pero algo me dice que no tengo el valor de presentarme así en mi lugar de trabajo, por mucho agosto que sea y por muy desangelado que esté el ambiente por aquí. ¿Es recato como se le llama a eso? ¿Decoro? ¿Tengo un mínimo de decencia o soy un pardillo modoso?
Bueno, no importa, casi estoy convencido de que no lo voy a hacer: a pesar de los pesares, seguiré vistiendo como una persona respetable. Me tomaré esto una demostración de fuerza de voluntad y de resistencia fisiológica personal hasta que se marche esta sucesión de olas de calor que es el verano en Murcia. Y, al mismo tiempo, intentaré que mi relación con mis nuevas compañeras sea lo más cordial y amistosa posible. Al fin y al cabo, no soy un machista misógino, sino un tipo al que le gusta estar fresquito en verano y calentito en invierno. Me imagino que mucha gente coincidirá con mis preferencias y se habrá visto identificada en esta pequeña historia personal.
Dicho todo lo anterior, ya ha llegado la hora de poner el punto final a este escrito sobre las cuitas veraniegas de un humilde y gris funcionario interino recién llegado a un despacho donde se siente como el embajador del género masculino en la República de los Estrógenos. Pero, como ya escribí más arriba, puesto que afortunadamente vivo para contarlo, no me voy a despedir sin faltar a las más elementales normas de cortesía. Me despido, pues.
Un cordial saludo,
R.T.O.


